Noticias 06 Oct 2026
Conversamos con la académica de la Universidad de Chile e investigadora en Gestión del Riesgo de Desastres, Carmen Paz Castro Correa, sobre la brecha entre la percepción ciudadana y la evidencia científica, la importancia de la cohesión social en reducción del riesgo y el nudo crítico en la transferencia del conocimiento a las políticas públicas. Chile es un país multiamenaza. Conocemos el riesgo sísmico por nuestra experiencia histórica, pero nos cuesta dimensionar que también estamos fuertemente afectados por incendios forestales, y por eventos climáticos extremos. Saber que el río se sale en determinados lugares no se traduce automáticamente en prevención y autoprotección. Para la experta, una de las claves que realmente salva vidas no es solo la acción individual a la respuesta estatal tardía, sino la cohesión social y las redes de apoyo comunitario.
¿Qué tan consciente es la población en Chile del riesgo de desastre?
Somos un país multiamenaza y eso complejiza el problema. Porque una cosa es que seamos conscientes del riesgo sísmico porque hemos vivido terremotos o nos lo contaron los padres o abuelos, pero no ocurre lo mismo respecto al riesgo de incendios forestales, de aluviones o a los tornados. Yo no podría decir responsablemente "sí, la comunidad es consciente del escenario multiamenaza en que vive", pero en general existe consenso sobre que la mayor parte de los riesgos son conocidos por las comunidades.
Debemos mejorar los procesos de gobernanza y de toma de decisiones en estos escenarios de multiamenaza, asumiendo que las comunidades locales conocen bien las zonas de riesgo. Se sabe dónde se sale el río o cuál es la zona de inundación por tsunami. Los habitantes de Puerto Varas ya van aprendiendo sobre nuevos fenómenos como los tornados, o quienes habitan en zonas costeras asumen los nuevos eventos climáticos y las marejadas. Rápidamente tomamos conciencia, el problema es que una cosa es percibir que se vive en área de riesgo y otra es qué comportamiento asociamos a esto: se requiere de una decisión anticipada de qué voy a hacer, o bien, no voy a hacer en el momento en que ocurra un evento disruptivo. Es muy necesario empezar a investigar cuál es la intención de comportamiento que tenemos hacia los diferentes eventos que nos pueden afectar.
El cambio climático nos ha impactado más rápido de lo que esperábamos con el incremento de eventos extremos. Desde el 2024 hemos superado el umbral de aumento de 1,5 °C sobre el promedio de la era preindustrial, y al parecer esta tendencia continuará, por lo tanto, estamos atrasados en las acciones de mitigación y de adaptación que se requerían para reducir los impactos. Las personas vamos rápidamente reaccionando, pero hay diferencias de comportamiento asociados a la percepción del riesgo. Debemos recordar que la percepción es una construcción mental y tanto como el riesgo es socialmente construida.
¿Cuánto influye la experiencia en la percepción?
La experiencia es uno de los factores más importantes de la forma como se percibe el riesgo: cuando has vivido algo impactante como el terremoto y tsunami del 2010, no lo olvidas nunca, pero, además, se convierte en un agente transformador del comportamiento en futuros eventos. En el ciclo de la percepción influyen la experiencia, la personalidad, el sistema de valores, la educación, la condición etaria e incluso el grupo que compone el hogar. Para el 2010 me llamó la atención la tranquilidad con que reaccionaron los niños durante las réplicas en los colegios lo que me llevó a realizar un ejercicio simple en el curso de mi hijo que tenía 7 años entonces, y casi todas y todos respondieron y mostraron con su experiencia que habían vivido estos eventos con mucha calma. Lo tenemos en el ADN. En el tema sísmico me siento tranquila con los grandes avances de nuestro país; me preocupan mucho más los eventos climáticos y los tsunamis.
Siguiendo con el tema de la experiencia, las personas que están recién integrándose a un territorio no pueden tener una percepción del riesgo muy adecuada a menos que haya muy buena información disponible y comprensible. Y si tú te paseas por nuestro país, la señalética es escasa en muchos lugares que lo requieren: que indique que se trata de área de riesgo de tsunami, de área de evacuación", respecto a fenómenos hidro climáticos no existe aún. Deberíamos tener especial cuidado con la población inmigrante reciente —alguien que haya llegado hace pocos 5 años, que no le haya tocado vivir ningún terremoto y que no tenga preparación— y también con los turistas, que para estos fines deben considerarse como un inmigrante recién llegado. Si los chilenos vamos al Caribe en temporada de huracanes o tormentas eléctricas no sabemos cómo protegernos; lo mismo le sucede a los turistas que llegan acá o a personas que vienen desde regiones distantes y que desconocen los riesgos a los que están expuestos en su estadía.
En el escenario multiamenaza en que vivimos, las percepciones son mejores para unos riesgos que para otros. Es complejo tener una percepción global u holística del riesgo e imaginarse que pueden ocurrir varios eventos simultánea o concatenadamente, los que tendrían un efecto sinérgico aún más grave. Además, existen diferencias de percepción en función del género, la edad, la condición etaria, el estrato socioeconómico y el nivel de educación, entre otros, como ya demuestran varios estudios. El problema es muy complejo.
¿Y hay conciencia también de la responsabilidad individual y comunitaria?
Claro, ha habido un cambio de paradigma muy fuerte con relación al riesgo de desastres que ha ido permeando de a poco a nivel social también, desde considerar que el fenómeno natural causó el desastre, hasta entender que se trata de una construcción social de factores que lo generaron y que se asocian a múltiples condiciones de vulnerabilidad. Se ha transitado desde una gestión basada en una mirada paternalista, como lo enfocaba la defensa civil hasta hace unas pocas décadas hacia lo que plantea el Marco de Sendai, que habla de la necesidad de construir conocimiento y gestionar el riesgo de abajo hacia arriba poniendo a las comunidades en el centro. Sin embargo, eso no se traspasa tan rápido a la práctica y a la conciencia ciudadana.
Por la experiencia en terreno que hemos tenido en distintas partes del país, es muy notoria la mayor percepción y conocimiento del riesgo que tienen quienes habitan en ámbitos rurales. Los que viven más cerca de la naturaleza conocen sus ciclos y se sienten parte y responsables de sus territorios, a diferencia de quienes no han tenido ese acercamiento y viven estos procesos como observadores externos.
Un caso que he seguido de cerca es el de la Caleta San Pedro en La Serena. Una vez le pregunté a una señora por qué tenían alarmas comunitarias y me dijo: "Nosotros vivimos del mar, pero sabemos que podemos morir por el mar; entonces tenemos que cuidarnos y tomar medidas". "¿No le parece obvio”? Ellos decidieron vivir ahí porque necesitan estar cerca de su fuente de trabajo y es una decisión tomada responsablemente ya que asumen el riesgo y trabajan en su reducción. Empezaron diseñando un plan de gestión de emergencia que considera las alarmas comunitarias manejadas en un comienzo por las mujeres de la caleta e instalaron señalética en las casas que indican donde hay ancianos o personas en situación de discapacidad que deben ser apoyados en una emergencia. Al incrementar su nivel de cohesión comunitaria se fue generando un capital social muy importante. Trabajaron con ONEMI (actual SENAPRED), el gobierno regional y el municipio que los apoyaron en construir áreas de evacuación, instalar paneles solares y realizar evacuaciones preventivas con un cronograma que cumplen estrictamente. Eso demuestra una responsabilidad que no se ve habitualmente en la ciudad, donde la gente vive muchas veces de espaldas al riesgo, como observamos, por ejemplo, respecto a la falla San Ramón, lo que se puede explicar en parte porque normalmente sobrevaloramos lo positivo y subvaloramos la posibilidad de que ocurra algo negativo.
En las ciudades costeras, las personas que pueden optar por ellos eligen vivir en un departamento frente al mar porque es más valorizado, da estatus y se disfruta de un paisaje excepcional, prefiriendo olvidar de que se encuentran expuestos a tsunamis, apostando a que mientras vivan ahí no ocurrirá un tsunami. Por eso estamos trabajando con fuerza el concepto de aceptabilidad del riesgo para entender mejor cómo se producen estos procesos de toma de decisiones. Una estudiante de nuestro doctorado Territorio, Espacio y Sociedad, Natalia Silva, está terminando su tesis sobre el concepto de aceptabilidad del riesgo desde el punto de vista institucional. Es un tema muy complejo, pero es clave para avanzar en diseñar estándares mínimos de aceptabilidad y tolerancia cuando la vida está en juego. Hay personas que saben que viven en riesgo y toman medidas como el caso que mencioné, hay personas que tienen la opción y se cambian de casa a lugares seguros (conozco algunos casos de familias que se fueron a vivir lejos de la falla San Ramón) pero debemos reconocer que la mayoría de las personas no pueden escoger dónde vivir porque es una opción que involucra costos de distintos tipos, especialmente económicos y ahí deben existir los mecanismos institucionales para resguardar su seguridad, ya sea a través de reasentamientos o en los casos en que es posible y seguro, realizar obras de mitigación. La información sobre el riesgo al que estamos expuestos es en todos estos casos, un deber del Estado y un derecho de los habitantes.
¿Y cuál es la brecha entre la investigación y conocimiento académico y la percepción social?
En este ámbito tenemos brechas importantes y de las que poco hablamos. Recientemente, el estudiante de nuestro Magister en Gestión territorial del Riesgo de Desastres, Jonathan Caviedes, analizó en su tesis de grado una importante cantidad de proyectos financiados por fondos concursables sobre incendios forestales entre 2017 y 2025 y concluyó que altos porcentajes de investigaciones no tiene repercusión en políticas públicas ni en la toma de decisiones sobre reducción del riesgo. Porcentajes cercanos al 70% y 80% de entrevistados señalan que la investigación no llegó en un momento oportuno o que no está en un lenguaje comprensible, confirmando que gran parte del conocimiento generado no les sirvió de insumo para la toma de decisiones.
Hace poco participé en un congreso en Perú de una red de universidades latinoamericanas que trabajan en riesgo de desastres y se concluyó sobre el mismo problema que compartimos: hay una interrupción en la trayectoria del conocimiento entre los resultados de la investigación y las instituciones que son beneficiarias de los resultados porque nos falta, entre otras cosas, comunicadores que traduzcan e instalen la información académica allí donde sea útil. Tampoco estamos incorporando en forma generalizada la transdisciplina con fuerza en nuestros estudios ni considerando el conocimiento local, cultural y ancestral, como fuentes necesarias y obligatorias de conocimiento. Por ejemplo, en el caso de la planificación territorial, no basta con invitar a las personas a una reunión para mostrarles un plan regulador, si no participaron desde el inicio en la propuesta y se respetaron sus conocimientos del territorio. A las comunidades se les sigue tratando como entes pasivos y no como responsables activos de la gestión. Todo esto dicho en términos generales obviamente, ya que tenemos muchos ejemplos en el país de casos que constituyen ejemplos de buenas prácticas.
¿Qué debería cambiar en la forma de comunicar el riesgo para que el mensaje llegue mejor? ¿Incorporar más a la comunidad en la gestión?
Así es. En un proyecto que realizamos en Valdivia recorrimos áreas de evacuación en las comunas costeras con autoridades de SENAPRED regional y vimos un desfase muy importante entre las áreas determinadas e informadas por la institucionalidad y las que consideran y son reconocidas por la comunidad: las vías oficiales eran en muchos casos escaleras pronunciadísimas que la gente no utilizaba para evacuar, o las zonas de seguridad eran recintos privados con candado o calles estrechas donde no puedes tener a personas pasando la noche con frío o lluvia, con niños, por lo cual ellos reconocen vías y refugios diferentes a los formales .
La percepción del riesgo no puede ser un factor secundario de la gestión del riesgo como es hoy en día; debe ser un tipo de conocimiento que se integre desde el principio a cualquier tipo de decisiones porque al final, lo que salva vidas es el comportamiento de las personas y este está determinado por su percepción.
Nuestra preocupación actual está enfocada en eventos repentinos y extremos que estamos viviendo. Las comunidades necesitan tener capacidades para autogestionarse, para autoprotegerse, porque frente a eventos extremos no hay tiempo para esperar ayuda para dirigirse a zonas de seguridad. Hay que tener planificaciones que incluyan asignación de roles, capacitaciones formales y que consideren la comprensión e importancia que cada comunidad asigna al riesgo. Cuando se participa en una evacuación preventiva, vives la experiencia de un evento adverso, pero en tranquilidad. En el momento de un terremoto, por ejemplo, suena la alarma y es tanta la ansiedad que no tienes muchas condiciones para pensar y decidir qué hacer. Las evacuaciones preventivas permiten entrenarse para actuar automáticamente cuando el miedo no deja pensar o te paraliza.
¿Cuáles serían las claves para pasar de una cultura sísmica a una cultura multiamenaza en Chile?
Yo creo que hay lugares donde ya se está avanzando. En el sur, por ejemplo, en las regiones del sur, las personas tienen más conciencia de la multiamenaza y actualmente están asimilando la necesidad de prepararse para enfrentar tornados. Creo que también la televisión juega un rol importante, notamos esto en la manera en que comunican los informes del tiempo, donde se transmite conocimiento de buen nivel, explicando de manera didáctica conceptos como el de río atmosférico o de bajas segregadas que de a poco van siendo internalizados. Sin embargo, la saturación comunicacional en momentos de eventos extremos puede generar efectos negativos para la gestión del riesgo.
La cultura sísmica se formó debido a la experiencia histórica de ver ciudades en el suelo como pasó con Chillán y la recurrencia de sismos relevantes. La cultura climática también se irá fortaleciendo en función de la experiencia, pero me preocupa la velocidad y el ritmo de los impactos actuales que no alcanzan a ser acompañados por las acciones de adaptación al cambio climático, y eso es un desafío para las instituciones encargadas e implica importantes recursos en modernización de infraestructura y tecnología.
Los eventos extremos han incrementado las áreas de exposición y no siempre es posible generar reasentamientos en casos de riesgo inaceptable. La percepción respecto a amenazas climáticas la estamos construyendo producto de las experiencias difíciles que hemos vivido el último tiempo con las lluvias extremas, inundaciones, remociones en masa, islas de calor y otros, sin embargo, no se avanza en reducción del riesgo solo con mejorar esta percepción si a nivel de Estado no hace una transformación acorde a la magnitud del desafío.
¿Cómo es la dinámica en el caso de los incendios forestales?
Una de nuestras preocupaciones fundamentales actualmente, en el escenario del cambio climático, son los incendios forestales. Es una amenaza extremadamente peligrosa e incierta, difícil de manejar porque tenemos mucha población viviendo en área de influencia de incendios que a su vez es compleja de definir porque depende de diversos factores climáticos, topográficos, de uso del suelo y otros. En Viña del Mar el 2024 el fuego recorrió muchos kilómetros y su dirección fue variando lo que generó una gran zona de afectación y pérdidas irrecuperables.
Se ha avanzado mucho en conocimiento sobre incendios forestales, pero seguimos poniendo el foco principalmente en la reacción a la emergencia y no en la prevención. Deberíamos trabajar en prevención de incendios el año completo, no solo cuando nos acercamos a su temporada. Es importante seguir incorporando recursos para la emergencia, pero el foco no debe ser solo contratar combatientes o comprar aviones, sino trabajar en el manejo de la vegetación y diferentes acciones de prevención entre las que es relevante el ordenamiento y la planificación territorial.
"Hemos realizado diversas investigaciones respecto a la relevancia de la cohesión social para la reducción del riesgo de desastres. Evaluamos, por ejemplo, el impacto en el bienestar subjetivo de las personas debido al cumplimiento de las medidas de distanciamiento físico en el marco del COVID-19, en 6 ciudades de Latinoamérica incluyendo Santiago, mediante la aplicación de un número muy significativo de encuestas. Se consideraron factores como el tipo de personalidad, la pérdida o inestabilidad del trabajo o ingresos, y el estado civil. Se demostró que el capital social provee un nivel significativo de protección del bienestar subjetivo. Concretamente, aquellos individuos que expresan confianza y vínculos con otros miembros dentro de su mismo grupo social mostraron los niveles más altos de bienestar percibido, aun cuando se encontraran en situaciones de aislamiento físico similar a otros miembros de la sociedad que no percibían los mismos niveles de confianza y vínculos con otros.
Asimismo, una investigación sobre asentamientos informales y gobernanza que publicamos en 2022 plantea que, en asentamientos informales, por definición, se observa un distanciamiento o desconexión entre los actores no gubernamentales y gubernamentales, en donde estos últimos están prácticamente ausentes y cuyo espacio es ocupado por mecanismos de gobernanza orgánicos y espontáneos que toman control de las decisiones. La cohesión social y la membresía asociativa son dispositivos que permiten dimensionar cualitativa y cuantitativamente los tipos y niveles de gobernanza que surgen en áreas donde predomina la informalidad urbana, acompañada de precariedad y de la indiferencia de los actores gubernamentales. Políticas públicas dirigidas a la reducción de riesgo de desastres en asentamientos informales demuestran un nivel de incidencia positiva en la dimensión de cohesión social, así como una transformación en la relación entre actores que ha resultado en un empoderamiento de las comunidades, una disminución de la indiferencia gubernamental, y un fortalecimiento de la resiliencia y la gobernanza".